Domingo de Resurrección: ¡Cristo vive!




María Magdalena fue temprano al sepulcro el primer día de la semana. Llevada de su amor y fidelidad a Jesús, se dirigió con prontitud a terminar de embalsamar su cadáver. El Papa Francisco observa que “no era una mujer de entusiasmos fáciles. De hecho, después de la primera visita al sepulcro, ella vuelve decepcionada al lugar donde los discípulos se escondían; cuenta que la piedra fue movida de la entrada al sepulcro, y su primera hipótesis es la más sencilla que se puede formular: alguien ha robado el cuerpo de Jesús. Así el primer anuncio que María lleva no es el de la resurrección, sino un robo que alguien desconocido ha perpetrado, mientras toda Jerusalén dormía”

. En cuanto Pedro y Juan oyeron lo que María les contaba, fueron corriendo al sepulcro para hacerse cargo de qué había pasado. Lo que realmente había sucedido excedía con mucho lo que pudieran haber imaginado.

Las palabras que utiliza el evangelista para describir lo que encontraron en el sepulcro expresan con vivo realismo la impresión que les causó lo que vieron allí. Para comenzar, ahí estaban los lienzos que lo habían amortajado. Si alguien hubiera entrado para robar el cadáver, ¿se habría entretenido en quitárselos para llevarse sólo el cuerpo? No parece lógico. Además, los lienzos permanecían como habían sido colocados envolviendo el cuerpo de Jesús, pero ahora no envolvían nada, y por eso estaban planos, como si el cuerpo de Jesús se hubiera esfumado y hubiese salido sin tocarlos, pasando a través de ellos. De otra parte, cuando se amortajaba el cadáver, primero se enrollaba el sudario a la cabeza, y después, todo el cuerpo y también la cabeza se envolvían en los lienzos. El relato de Juan especifica que el sudario permanecía “todavía enrollado”, esto es, conservando la misma disposición que había tenido cuando estaba allí el cuerpo de Jesús.

Tenían ante sus ojos los lienzos y el sudario, tal y como estaban cuando habían dejado allí el cuerpo de Jesús, en la tarde del viernes, pero el cuerpo ya no estaba. Hasta tal punto fueron significativos los vestigios que encontra­ron en aquel lugar que, lejos de ratificarles en lo que pensaban cuando fueron al sepulcro, que habían robado el cadáver, les hicieron caer en la cuenta de que Jesús había resucitado, pues el evangelista dice que él “vio y creyó”.

“¿Qué pasó allí? Para los testigos que habían encontrado al Resucitado esto no era ciertamente nada fácil de expresar. Se encontraron –comenta Benedicto XVI– ante un fenómeno totalmente nuevo para ellos, pues superaba el horizonte de su propia experiencia”.

Lo sucedido no había podido ser obra humana: Jesús no había vuelto a una vida terrena como Lázaro. Había sucedido algo de una dimensión superior. “Los testimonios del Nuevo Testamento no dejan duda alguna de que en la “resurrección del Hijo del hombre” ha ocurrido algo completamente diferente. La resurrección de Jesús ha consistido en un romper las cadenas para ir hacia un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso. (…) Él ha entrado en una vida distinta, nueva; en la inmensidad de Dios y, desde allí, Él se manifiesta a los suyos”.

La muerte no pudo retenerlo. Jesucristo está vivo.

Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia -exclamaba con gozo san Josemaría, expresando la fe de la Iglesia–. (…) Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos”

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